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Horas que vuelan, minutos que se apagan, segundos que carecen de sonido... de eso estamos hechos...
Somos fantasmas del recuerdo. Triste vals que en silenciosa danza se convirtió. Triste sonata que en requiem resurgió.
Nos mece el viento como a las hojas a mansalva; nos silencia el silencio como un grito al débil; nos dejamos llevar por la mano del fuerte; somos quiénes dejamos de ser porque fuimos quien siendo quiénes éramos somos.
No hay reloj capaz de no hacernos mirar hacia atrás, pues lo que hemos vivido, ya está vivido.
He sentido los tibios dedos efímeros e inexistentes de unas manos que tan siquiera sé si existen. Su caricia es sutil y tierna. Su roce, pugna por vencer las penas que asolan el cuerpo abatido de quien teme sin saber que viviendo siente miedo.

Cántico fantasmal que solo se escucha en sueños, que nace en mi imaginación, que apenas sé si existe. Abrigo frío de la ausencia sobrecogedora. Silencio latente del pasado entre sombras y luz.
Observaba respaldada por la umbría entre la pálida claridad del sol que se filtraba por el pulido cristal de la ventana.
Siempre sola, siempre triste... El taciturno rostro ensombrecido por la negrura que la envolvía. Las mustias rosas sufriendo el tormento que no es suyo, sino de la bella rosa que con sus dedos frágiles y ya cansados, acariciaba las notas que nacían para morir en oídos de nadie y de todos.

Yo, como su sombra, a tan solo unos pasos de entrar a la sala, sentarme con ella, tocar juntas el piano que nunca aprendí a tocar, decirle "te quiero" y quedarme a su lado para siempre.
Pero nunca mis pasos se adentraron en esa sala, nunca me senté a su lado, nunca tocamos juntas el piano, nunca le dije "te quiero", e incluso nunca me quedé a su lado para siempre.



Afligida y con el dolor como una pesada carga de plomo sobre la frágil espalda que se me antojaba de débil cristal, emprendía siempre el camino de vuelta a ninguna parte, pero lejos de ella, la persona que abandoné hace tanto sin nunca haberla abandonado.
Tantas veces protegiéndola, tantas veces luchando con los demonios que amenazaban con invadir sus sueños y morar en sus noches, tantas veces maldiciendo hasta al suelo que le hacía daño al caer, tantas veces suplicando que no temiera para no tener miedo yo... Y ahora la estaba dejando sola en el mismo lugar que yo tanto temía: el olvido

Pero nunca estaba sola... Aunque ella no lo supiera, hasta en sus noches en vela yo fingía que dormía para estar a su lado si me necesitaba. Hasta cuando creí odiarla me odié a mí misma por querer odiarla. Hasta cuando creía que la odiaba me sorprendía gritándola "te quiero" en silencio, pero a voces... porque se puede gritar sin voz, se puede reír sin risa y se puede llorar sin lágrimas...
Ahora no sé si la odié a ella o me odié a mí. No sé si me salvé a mí o a ella. No sé si es mi voz la que habla o la suya. No sé si es mi aire el que respiro o el suyo. No sé si es mi voz la que escucho, mis ojos los que miro, mi pelo el que toco, mi aroma el que respiro, mi silencio el que escucho, mi corazón el que late...

Su Caja de Pandora... Esa soy yo... Quien guarda sus miedos, quien acoge su mal, quien sepulta sus temores para nunca dejarlos salir y guardar su sufrimiento, quien se alza victoriosa ante cualquier lucha aunque haya sido derrotada, quien en silencio habla todo lo que  duele en su alma, quien en sus secretos esconde el veneno de esos temores que me hacen invulnerable a cualquier mal.
Escucho, callo, guardo, escondo, camuflo, finjo, silencio, callo... derroto, rompo, oculto, callo... Siempre callando...
Silencio secreto... Silenciando al propio silencio si el silencio doliera más que su propio silencio.
Ahora tengo en mis manos la llave que guarda todos sus males, todos mis males, todos nuestros males... Miedos y quimeras que se rompieron... Otras que nacieron y que temen morir. Sueños resquebrajados que temen ser entregados al olvido...

He roto la oscuridad que reflejaba la perpetua sombra tras sus pasos. Ya no soy la sombra que, muda en su sigilo, perseguía la huella que quedaba en el pasado a cada segundo que este moría dando a luz a un nuevo futuro.
Ahora vuelvo a ser esa niña que se sentaba junto a ella en el piano. La misma que sigue sin aprender a tocar. Esa que teme lo que está por venir. La misma que odia tanto como ama lo que ya quedó atrás.
Llorar sigue doliendo, pero duele menos si sus manos vuelven a enjugar mis lágrimas; si son sus ojos los que vuelven a mirarme; si son sus labios los que me sonríen... Duele menos si es su mano la que me levanta si me caigo, si son sus brazos los que me estrechan si me falta el aliento, si son sus palabras las que sanan mi tiempo desperdiciado...
Pero ya no soy esa sombra...

"Más que mi propia vida"... Así reza este final que nace para sumirse en el vacío de lo que nunca será y pudo ser. Pero nunca el tiempo se pierde y, ahora, como un recodo en la solitaria esquina de un callejón oscuro apartado del mundo, como el siseante soplido del viento en las calladas noches, como esa esquina silenciosa, o el hueco desolado, callo y silencio mis palabras que nacen para ser la voz del silencio que agoniza entre las letras mudas de lo que se ha escrito y, sin voz,  pide silencio a gritos.



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Estaban jugando en el jardín, alegres y despreocupados. Kat, con casi 5 años, se entretenía cuidando de su hermano Dan, de 3. Hacía no mucho que su tío le había regalado su primer juego de escobas voladoras y aunque su padre no le dejaba volar todavía, le gustaba la quaffle. Estaba hecha de cuero rojo, rellena de espuma, firme pero lo suficientemente blanda para no hacer daño a unos niños. Dany, sentado en el suelo, se reía cada vez que Kat le arrojaba la pelota, cerca suya. Éste la cogía con sus manecitas y con un torpe movimiento se la devolvía.

Su madre, dentro de casa, les observaba de vez en cuando por la ventana de la cocina. Estaba haciendo la cena. aunque era pronto aún. Esperaba que su marido viniera después de un duro día y le estaba haciendo su plato favorito. Mientras, escuchaba la radio. En ese momento sonaba música de los 60, y ella canturreaba un “Obla-di obla-da”.

De repente, apareció por la cocina el patronus de su marido, que con voz ronca dijo: “Ha sucedido algo terrible. Stephan... Voy enseguida” Ella se asustó cuando se apagó la voz del patronus y éste se desvaneció. Se limpió las manos con el paño de cocina y apagó el fuego. No tenía medios para responder a su marido, ya que en ella no vivía la magia, así que se frotó las manos impacientes esperando que llegase cuanto antes.

Mientras, los dos niños jugaban en el jardín ajenos a todo.

Con un chasquido, Charles Tyler se apareció en el jardín, con la chaqueta desabrochada y despeinado. Kat detuvo su juego al verle llegar y corrió hacia él.

-Hola papá... has llegado pronto a casa, ¿jugarás con nosotros?

El hombre miró con cariño a la niña y le pasó la mano por el pelo, forzando una sonrisa, pues no se sentía con fuerzas para sonreír.

-Ahora no, Kat. Tengo que hablar con mamá.

Ella se encogió de hombros y volvió con su hermano, aunque jugando con desgana, ya que había notado algo raro en su padre. Mientras, Arlyne ya había salido de la casa para recibir con un beso a su marido. Él se lo devolvió con necesidad, y después la abrazó con fuerza, refugiándose en los brazos de ella. La mujer le tomó de la mano y entraron en la casa, sentándose en el sofá del salón. Lo miró inquieta, retorciéndose las manos.

-¿Qué ha pasado, querido?

Con la voz cortada, el hombre al fin pudo responder, atrapando con sus manos las de ella.

-Steph... Stephan está... le-le han encontrado... no han podido hacer nada.

Ella lo comprendió al instante, aunque no quería creer lo que está oyendo. Su cuñado estaba muerto. Y su marido estaba destrozado. Soltó sus manos para sostener con ellas la cabeza de su marido, llevándola a su pecho y escudando sus lágrimas.

-¿Qué le ha pasado? -Consiguió decir al cabo de unos instantes de silencio.-

-Estaba en el río, en el Támesis. -Dijo tranquilizando su respiración-. Su coche llevaba sumergido en él varias horas. Las autoridades muggles piensan que fue un accidente.

-¿Quién te avisó?

-Un auror. Llegaron cuando supieron quién era el que estaba... en el coche. Lo... lo he visto. Estaba... -Su voz calla. No quería recordar el estado en el que estaba, el propio de un ahogado. El agua había penetrado en el coche, inundándolo-.

-Lo sé, lo sé.

En su profesión era fácil que se hubiera encontrado algún caso de ahogamiento, siendo como era, médico. Pasó sus dedos por el pelo de su marido y los ordenó. Él se puso recto en el sillón y se pasó la mano por la cara.

-Hay que decírselo a Kat y a Daniel... -Dijo con pesar. Sabía cuánto admiraban a su tío, en especial Katniss, que además entendía mejor las cosas-.

-No te preocupes por eso, se lo diré yo. Tú descansa.

Decidieron hacerlo así. Pero Charles no pudo descansar, no hizo más que darle vueltas a la cabeza a un montón de datos que no concordaban. Stephan conducía coches casi tan bien como volaba, y jamás bebía antes de hacerlo. ¿Por qué no había luchado por salir del coche? Hasta él sabría reconocer señales de lucha en él. Sin embargo, su rostro tenía un gesto como si la muerte lo hubiera tomado por sorpresa, pero al mismo tiempo apacible. Tenía muchas cosas que averiguar, y sabía exactamente por dónde empezar.

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Por fin había llegado la Luna Nueva. El ritual era necesario una vez más.

La costumbre de realizarlo, había mermado el asco que me daba tener sangre impura en mis labios. ¡Maldito maleficio!

Más que la sangre, disfrutaba ver los ojos desorbitados  de mis victimas a causa del terror que irradiaba su próximo paso a otra vida. Sus gritos y lloriqueos en perfecta armonía, era la melodía más encantadora que se pudiese escuchar.

Ese día estaba amaneciendo muy lentamente. Las calles todavía estaban oscuras. Y a pesar del frío que reinaba en la vieja región nórdica, alguno que otro errante comenzaba su diario vivir por las estrechas callejuelas del lugar.

Mis pasos se dirigieron hacia un lugar en donde el dolor estaba presente con cada visitar realizada.  El camposanto del pequeño poblado era uno de los más antiguos, pero no por eso dejaba de ser asediado por las personas que buscaban un perdón o simplemente, una reconfortante cercanía con el ser amado ya desaparecido.

Eran vivos con alma en pena.

Y era ahí el lugar en donde encontraría a la víctima de mi sacrificio. Una joven, que por lo que me contara el velador, había perdido a su esposo e hija en una forma muy extraña. El fuego había consumado su hogar mientras ella estaba de vacaciones con unas amistades. Al darme más información del hecho, las características que señalaba diría que había magia de por medio.

-“Debo ser caritativa y aminorar su pena” –Dije con sorna y risa irónica.

Unas monedas fueron el pago de aquellos datos. Y fue así como aquella pobre mujer que no se perdonaba que mientras ella reía y bailaba, su familia lloraba y sufría una horrenda muerte, se convirtió en una más que descansaría en ese camposanto.

Ya hoy, acababa de cumplir una vez más mi ritual. Colocaba el Cáliz en su respectivo nicho del sótano mientras la duda que a raíz de las pruebas Aeternas había surgido, y que no abandonaba su sitio desde entonces.

Debía encontrar un sustituto para el Ritual.

Por mi padre sabía que no existía forma alguna de revertirlo. Eso me molestaba sobremanera. ¡Tenía que haber una forma!

-¿Pero cuál? –Dije en alto dando una patada a la pared.

Me volví hacia el cuerpo inerte y sin vida de la joven pelo rojo que yacía tumbada en el frío piso de piedra. Me acerco y le doy vuelta con mi bota. Tenía una expresión de terror en su rostro y sin embargo, sus ojos eran de paz y calma.

Con asco pienso en que eso es algo que nunca podré entender de los estúpidos muggles. Su conciencia era demasiado para ellos. Seguro le había tenido miedo de morir pero le daba paz reunirse en otro mundo con su familia…la familia que era su felicidad desde tiempos inmemoriales.

De repente, algo iluminó mi mente. Ladeo mi cabeza esbozando una sonrisa triunfal. Eso era. La familia. Debía remontarme a tiempos pasados hasta el día en donde se creó la maldición y asi podría encontrar la respuesta a mi acertijo.

Este ritual databa desde el reinado de la abuela de mi bisabuela:  Lady Genevieve, Condesa de Auberon. O por lo menos, eso era lo que decía mi padre.

Subí unos cuantos escalones al recordar que cuando estaba de estudiante, había querido hablar con los muertos para matar mi aburrimiento. De entre el cementerio de libros que tenía en aquel sitio, tomé un cuaderno con el que en su momento trabajaba para llevar a cabo ésta misión. Pero el proyecto quedó a medias por falta de información. Lo había retomado para deshacerme de una buena vez y por todas del fantasma de mi madre que siempre llegaba a fastidiar todo. De ahí que cruzara a mi lechuza Umbra con la ayuda de Aby. Era parte del ritual en el que trabajaba. Pero ahora todo había cambiado.

Con el libro en donde tenía los apuntes, volví a la parte baja de la mazmorra. Esto podía ayudarme, pero necesitaba más información al respecto y sólo había un lugar en donde hallarla.

Me acerco de nuevo a mi victima. Saco mi varita y con un hechizo, la convierta en una estatua de polvo.

-¿Quién diría maldita y patética muggle, que tú me darías la respuesta? Serviste de mucho, insulsa –Digo con ironía.

Hago un pequeño remolino con mi varita y las partículas de polvo volaron por el lugar.

Más pronto que tarde, tendría en mi poder la forma de sustituir el Cáliz. No podía darme el lujo de que algún día no lo tuviese y no poder cumplir el Ritual.

-Debo saber…debo saber


Y con rapidez desaparezco del oscuro lugar.
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Hogsmeade se sumerge en un profundo silencio roto tan solo por el sonido de los animales nocturnos, como las lechuzas que surcan los cielos entre la lechucería de Hogwarts y de Hogsmeade. La Casa de los Gritos se alza sobre un espeso banco de niebla. Scor me coge la mano con fuerza, como infundiéndome valor. "No tengas miedo", parece decirme con sus grises ojos... No entiende que yo nunca tendría miedo por mi yendo de su mano, que el único miedo que tengo, es el de perderle. Yo le miro, mientras dentro de mí, el ansía de que llegue el momento de tenerle, se hace cada ves más fuerte. Hay en mi cuerpo una urgencia extrema por sentirle dentro de mí, aunque no tan fuerte como la que tiene mi alma. 

Cuando llegamos a la Casa de los Gritos, Scor tira de mi mano cruzando el jardín lleno de maleza y malas hierbas. Con la varita por delante de los dos, y con los cinco sentidos alerta, me guía a través de la oscuridad que tiembla bajo la debilidad de mi Lumos encendiendo mi varita en mi temblorosa mano.
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Rol escrito por Gabryel Solomon y Arya Dabney

Camino por los pasillos de Hogwarts y una vez estoy en el Segundo Piso, me detengo junto al cuadro de Bastiaan el Gordo, sentándome en el  suelo, con la espalda contra la pared, mientras espero a Arya Dabney.

De pronto parece que algo en mi entorno cambia. Una brisa distinta que trae un dulce perfume, una luz no mortal que ilumina  el pasillo. Vuelvo el rostro y veo que Arya se acerca. Una sonrisa cruza mis labios, la más pura y sincera que puede esbozar un hombre


Su sonrisa eriza el vello de mi piel. Camino hasta llegar a ti y al darte alcance me acuclillo.
   -Perdona por haberte hecho esperar, capitán.

Sonrío
   -Tú no tienes que pedirme perdón, por nada ni por nadie... -murmuro, mientras me acerco a tus labios para besarlos

Sonrío sobre tus labios y me echo hacia detrás a propósito para que no puedas besarme

Frunzo el ceño
   -¿Por qué me castigas con tan horrible tormento? -murmuro, con tristeza
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     Las palabras enmudecen en mi garganta, prófugas de mis labios se arrastran sobre la superficie de un pergamino en blanco pidiendo auxilio. Auxilio... Las palabras a veces también necesitan consuelo, un consuelo sordo que no las escuche, un consuelo mudo que no las pronuncie, un consuelo ciego que no pueda mirarlas. Las palabras concebidas en mi mente, nacidas de las entrañas de mi garganta mueren en mis labios para desplomarse sobre el papel en el que son alumbradas. Las palabras también pueden morir y las mías lo hacen cada vez que mis manos las alumbran convirtiéndolas en tinta. Se arrastran sobre el pergamino que las da cobijo en su aspereza y sepultura eterna en su ataúd. El pergamino en el que escribo es un cementerio de palabras. Tomo la voz muda de mi garganta para enterrarla en el papel, cada palabra es un ataúd dentro de su propio ataúd, cada frase es una plegaria, cada pergamino un cementerio... Palabras que dormitarán en la oscuridad eterna de un cementerio naciente de mi propia imaginación... Después de todo las palabras no son más que oscuridad... Oscuridad porque en la oscuridad de nuestra mente se conciben para ser paridas después por nuestros labios, al igual que los seres vivos muchas de ellas mueren antes de llegar a concebirse, otras antes de nacer y otras muchas mueren con el correr de los años para ser enterradas en el pergamino que hará de ellas su cementerio. Tres solitarias líneas escritas sobre un pergamino una vez más:

"Espejo: Tras el cristal escondes mi mundo, tras mi mundo se haya mi vida, tras mi vida das cobijo a mi tiempo, tras mi tiempo está tu cristal y tras el cristal de nuevo mi mundo. Espejo que en silencio vives y en silencio mueres: no me robes nunca todo aquello que me entregas"
Hay frío, hay soledad en las palabras que escribo, muerte en las líneas que entierro para siempre en este pergamino. Tú, ángel de luz que naciste siendo mi propia carne, mi propia luz...
Tú, espejo de mi espejo, reflejo de mi reflejo, alma de mi alma, huesos de mis huesos, sangre de mi sangre, corazón de mi corazón...
¿Dónde estás?"



Hay personas para las que no existen las palabras por eso estas mueren antes de ser terminadas... Hay palabras que no están echas para las personas o personas que no están echas para las palabras. Doblo el pergamino por la mitad y tras esto repito la acción para después guardarlo en un cajón que huele a papel, a tinta y a ausencia... El papel en el que descansan, la tinta que las alumbra y su ausencia... La ausencia de quien lleva mi reflejo.


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     Dicen que se le puede tener miedo al propio miedo, que el miedo va más allá de cualquier miedo y que cualquier miedo puede ser el propio miedo. Hay veces en las que creo que es cierto, que no hay mayor miedo que el propio miedo y otras en cambio difiero. Era un muchacho común y corriente, rebelde y de gran autoestima al igual que ahora pero algo cambió en mí cuando descubrí cual era mi Boggart. Un ser cambiante que se muestra ante los ojos de quien le ve como su mayor temor. Estaba solo en una de las habitaciones de “El Caldero Chorreante” pues allí me habían dejado mis padres en mi tercer año para ir a ultimar las compras de última hora. Estaba sentado en mi escritorio escribiendo una carta para Albus cuando mi recordadora resbaló y tras caer al suelo rodó hasta meterse debajo de la cama. Dejé la pluma a un lado del pergamino en el cual redactaba mi carta y me puse de pie, caminé hasta mi cama y al acuclillarme para recoger mi recordadora algo salió de debajo de esta. Me eché hacia detrás asustado hasta chocar contra la pared y entonces lo vi... Sombras difusas que se movían serpenteantes haciendo el amor entre sí, oscuras más incluso que la oscuridad. Una neblina muy tupida las envolvía haciéndolas aún más escalofriantes si cabe. Me quedé inmóvil horrizado observando la siniestra escena y cerré los ojos fuertemente para dejar de verlo. Pero aquella figura de extrañas sombras seguía frente a mí. Escuché la puerta abrirse y la voz de mi padre:
-¡Scorpius! -Gritó llamándome y yo abrí los ojos sólo para correr hasta él. En aquel momento dejé de ver aquella terrible sombra la cual cambió de forma para convertirse en el peor miedo de mi padre.



   En ese momento comprendí algo: nuestros miedos es lo peor a lo que podemos llegar a enfrentarnos. El miedo convierte en débil al valiente, en valiente al débil, en vulnerable al invulnerable... El miedo, es eso que nos roba el aliento sin avisarnos, eso que nos impide dormir en las noches, eso que convierte en pesadillas nuestros mejores sueños. El miedo es eso que mora en el corazón de todo hombre, pues no hay hombre que no tema o miedo que se deje vencer por el hombre.
   Aquel día me di cuenta de que mi Boggart era distinto al del resto de hombres por lo que yo y el resto de conocidos y profesores sólo llegamos a una conclusión: que mi mayor miedo es el propio miedo, que no hay nada a lo que le tema más que al miedo, y que mi mayor temor es el miedo a tener miedo.

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El chasquido de esa puerta al cerrarse sentencia mi soledad. Vuelvo la vista al frente cuando estoy sola. Todo a mi alrededor es oscuridad y no distingo más que el aire viciado que naufraga en la estancia. Tomando aire, me empujo a mí misma a avanzar en mitad de la negrura imperturbable. Miedo, siento miedo. Quizás por primera vez en mi vida desde aquella en la que me vi sin mi hermana. Ella tampoco está ahora para cobijarme en la seguridad de sus brazos. Pero algo cambia. Más allá, en el fondo difuso que parece no tener fin, un destello parece brillar con luz propia, pues nada podría hacerlo relucir en el negro espacio. Aún con el temblor en mi cuerpo, avanzo hacia allá, temerosa. Poco a poco puedo verlo.
Mis ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, ahora se nublan a causa de las lágrimas. Mi tiempo se quiebra, se rompe, todo se resquebraja hasta hacerse añicos.

-Lisbet... -musito en mitad del silencio-. ¿Lisbet? Pregunto aún sabiendo que nadie va a responderme. Su cabello negro cubre su rostro pálido. Su piel blanca es ahora más clara. El dolor me invade. Siento que todo se desmorona y algo se me escapa de mí. Me fallan las fuerzas, me quedo sin nada y todo se cae al suelo, conmigo, con ella, frente al cuerpo vacío que ahora parece tan frágil. Un grito de dolor se rompe en mi garganta cuando las lágrimas se desbordan y mi cuerpo toca el duro suelo que ahora quisiera fuera de fuego para abrasarme en él.

Lo que más quiero, mi vida entera ahora yace sin alma frente a mí y no soy capaz de abrir los ojos, solo gritar y repetir el nombre de mi hermana incesantemente sin obtener respuesta alguna. Ahora me siento desamparada... Desamparada y fría como ella cuando mis dedos temblorosos rozan la fina piel de su mejilla. Abro los ojos despacio y trato de armarme con la fuerza suficiente para arrastrarme hasta ella acortando la escasa distancia que nos separa. Mi cuerpo se arrastra hasta que puedo apoyarme en el suyo y llorar sobre ella, aunque ya sus manos no me consuelen. La tomo entre mis brazos, queriendo verla abrir esos ojos que tanta seguridad y protección me daban. Su pelo negro no me deja vera y aparto los cabellos con sutileza acariciando su tez aterciopelada. -Hermana... no me dejes sola... Yo que tanto tiempo estuve sin ti y ahora me dejas así...Sin más... -Veo caer mis lágrimas sobre su rostro frío, pero ya apenas las siento. Solo siento el dolor de la muerte, su muerte, mi muerte...- Sin ti estoy vacía, Lisbet...


En mi memoria, una joven de hermosos cabellos negros y transparente mirar me sonríe y me dice que
siempre estará a mi lado. Ahora está ahí, vacía y demasiado frágil en mis brazos rotos. -Tú eres mi orgullo, hermana... Tú eres la única persona por la que sé lo que es seguir amando... Acariciando su pelo, la llevo contra mi pecho y le abrazo tan fuerte que me hago daño, pero ya no hay más dolor que ese que ella ha clavado en mi pecho. En nuestro abrazo solo siento frío. Frío... demasiado frío. -Hermana... -digo con la voz quebrada- Tú me has dado el honor... Tú que eres mi tesoro más preciado, no te me vayas así... -beso su mejilla fría- Vuelve a darme la protección de tus manos, vuelve a darme tu voz para no dejar de escucharte... -suplico meciéndole en un abrazo que ya no siente. Pero una voz en mi interior me hace volver a la realidad convenciéndome de que mi hermana sigue viva y que esto es solo una prueba... Una muestra más de que el amor es la magia más poderosa que existe. Aún así, esa tentación, ese dolor que ha causado en mí el dolor más grande jamás sentido, me hace seguir abrazando el cuerpo inerte de quien es mi hermana, mi madre, mi joya, mi todo. Pero es solo una ilusión... "Solo una ilusión, Lynae...". Con esas palabras en mi mente, abro los ojos, que ya han dejado de llorar, y me aparto de ella. Me duele hacerlo, me duele por el hecho de ver a mi hermana así, pero no lo es. Con las pocas fuerzas que me quedan, me pongo en pie y cierro los ojos. -No existes. Todo es una ilusión...

Me mantengo erguida, con esa imagen fría y vacía en mi mente. Pero sé que solo es mi mayor miedo y que no me voy a dejar vencer por ello porque la misma sangre de mi hermana corre por mis venas y eso me enorgullece y, eso, me da fuerza. Abro los ojos y ante mí ya no veo el cuerpo sin alma de mi hermana, madre, orgullo y razón de existencia. Ahora ya no existe el miedo. Ahora ya no hay dolor... Solo el rastro frío de las lágrimas que me desangraban en llanto entre alaridos de dolor y su nombre en mi garganta. Ahora solo veo como mi miedo cambia. Miles de imágenes difusas se retuercen ante mí hasta que algo comienza a tomar cuerpo, nitidez y sobriedad. Algo que se postra ante mí. Ella. Su pálida piel. Sus ojos verdes. Su esbelta figura. Su altivo mirar. Su cabello rojo. Ella. Yo. Siento como si estuviera frente a un espejo. Pero no lo hay. Me muevo y ella no lo hace. No hay cristal que nos separe, no hay reflejo que nos refleje. Me fijo en ella, en mí... En su pecho puedo distinguir un rojo brillo. Es la piedra Asgard. En mi mente todo es confuso, mas siento que he vuelto a vivir. He superado la prueba.


Escucho el chirriar de las grandes puertas abriéndose a mi espalda y yo sigo de pie, en mitad de la negrura.


















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ATAQUE EN AZKABAN

Cruzo con paso firme las inmediaciones del castillo Amaranthus, tras usar mi traslador. Todavía quedan algunas horas, por lo que voy directa hacia la biblioteca, para tener la mente ocupada en la lectura. Esta vez camino sin reparar en las obras de arte que adornan os pasillos y las estancias.

Grandes librerías envuelven el lugar, repletas de historia, cuentos y viejos secretos. Cojo un libro cualquiera, con las tapas algo desgastadas y finas hojas de papel, casi traslúcidas y amarillentas. Resulta ser de poesía. Llevo el libro conmigo a uno de los sillones. Abro el libro por una página al azar: Lluvia, Federico Garcia Lorca.

[...] Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre
Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe
¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes! [...]

[...] El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave
Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte. [...]

No dejo de mirar el reloj, impaciente, aunque no sé el momento exacto en que sucederá el rescate. Todavía tengo libro de poesía en las manos, pero hace horas que dejé de leer.

No me percato de su presencia hasta que escucho su voz, es entonces cuando me pongo en pie, cerrando el libro.

–Mi querida Abigail... –sonríe.– ¿Buscando en la poesia una guerra de versos?

–Mi señor –saludo con un gesto de cabeza.– En realidad hace horas dejé la lectura, me quedé absorta en mis propios pensamientos –esbozo una tímida sonrisa.– Mientras espero a que el cielo cambie su color al intenso carmesí.

–Pronto, pronto será... –vuelve a sonreir.– Ah... Qué maravilloso sería poder saber en cada momento lo que ocurre...

–Cierto, la incertidumbre esta noche se apodera de cada fibra de mi ser... –No he acabado de hablar cuando la idea aparece clara en mi mente. Abro mucho los ojos al caer en la cuenta.– ¡Cuán estúpida he sido!

–Observa mi reacción, frunciendo el ceño.– ¿Qué ocurre?

¡Necesitamos un traslador, y uno de sus cuervos mi señor! –Las palabras se atropellan en mi boca por salir.– ¡Yo me convertiré en sus ojos esta noche!

–La idea le asombra. Rápidamente ordena a uno de sus elfos domésticos que le traigan un traslador y uno de sus cuervos. En cuanto llega con ambas cosas, me dice.– El elfo puede aparecerse en el barco... Sin necesidad de traslador.

–¿En el barco? ¡Maravilloso! Cómo no se me ha ocurrido antes... Lo siento –Bajo la vista, un poco avergonzada.–

–No hay tiempo para pedir perdón... ¡Rápido! -Dice, eufórico, mientras el pequeño elfo nos observa con el cuervo en las manos.–

Saco la varita y la alzo rápidamente, efectuando el movimiento del hechizo mientras apunto al cuervo.

–¡Oculi Millia!

Me es muy sencillo vincularme con el negro pájaro. Mis ojos cambian y adquiero su visión.

–Traslador –Ordeno.–

El elfo se traslada con el cuervo hacia Cetus mientras Magnus me rodea caminando en círculos, fijándose en sus negros ojos, deseoso de saber que ven mis pupilas en aquellas otras.

Me esfuerzo sobremanera en dirigir todos los movimientos del cuervo, me lleva más de lo que quiero salir del barco. Una vez fuera observo la inmensa y decadente prisión.

–Están dentro –Logro decir.–

Magnus Amaranthus escucha, paseándose nervioso.

–¿Ha funcionado? ¿Les hemos cogido por sorpresa? –Pregunta, ansioso de saber.–

–E-Eso creo, es confuso –Frunzo el ceño. El cuervo bate las alas y no deja de graznar en los pasillos, lo dirijo hacia las voces y ruidos.– Hay.... Hay explosiones

–¡Busca a Niall! –Exclama.–

Cabeceo aceptando la orden.

–Llevan las máscaras, no sé a quiénes seguir –Digo preocupada, mientras observo los oscuros pasillos de la prisión, dónde ya titila la magia de un lado a otro.–

–El dirige la misión, debe estar respaldado por dos... ¡Búscale! -Me apremia, caminando inquieto a mi alrededor.–

–C-Creo que lo tengo... Hay... Hay aurores, están enfrentándose –Sigo con el ceño fruncido, en gesto de preocupación y concentración por igual, mientras el cuervo aletea sus alas, en círculos, esquivando sortilegios y soltando agudos graznidos.-

–¿Hay bajas? –Pregunta, exaltado.–

–Ninguna baja roja en este grupo, al resto no los veo…

Mi señor no deja de caminar, la ansiedad por saber como acabará esta misión no le permite quedarse quieto.

–¡No pierdas de vista a Boswell!

Asiento nuevamente con la cabeza.

–Camina, va en busca de Saxton, supongo. El auror ha caído –Intento no perder de vista ningún detalle, a través de los ojos del negro cuervo en la prisión.–

Ya estoy segura por sus movimientos y andares de que es Niall al que vigilo, como ha ordenado mi señor.

Ignoro que mi señor sonríe triunfante en este momento, pues no le puedo ver.

–La gran gloria se aproxima...

Ahogo un gemido al ver lo ocurrido.

–¡No...! L-Le han dado, el auror sigue vivo... ¡Mierda! –Exclamo nerviosa.– El de la celda es Saxton, ya lo han encontrado.

–¿Han encontrado a Saxton? –Exclama, pues es lo único que le importa– Sigue vivo... –Dice para si mismo, pues al parecer albergaba esa duda que largo tiempo llevaba atormentándole.–

–Sí mi señor, bastante demacrado pero tiene que ser él, estaba parado frente a su celda y parecía decirle algo.

–La fortuna le sonríe a pesar de todo...

Inquiero a la criatura emplumada a posarse entre los barrotes de la celda, los que aún siguen en pie para seguir atenta a los movimientos de mis hermanos, después de que Niall reventara la cerradura.

–¡Ya está libre de cadenas! –Exclamo embargada por la emoción tras ver como le acaba de retirar las cadenas que lo tenían preso a Saxton.–

Nuevamente ignoro que una sonrisa triunfal y de alivio surca el rostro ajado por la edad de mi gran señor. Aunque percibo sus movimientos al oír el leve sonido que producen sus ropas cuando se mueve.

Sigo concentrada en mantener el vínculo con el cuervo y controlar sus movimientos para que no vuele libre y escape, dejando así de ver y resultarle útil esta noche al Gran Maestre, pero ya empiezo a notar como decaen mis energías.

Esta vez hago al cuervo posarse sobre el hombro de Saxton, pues es a él a quien no debo perder de vista, pase lo que pase.

Estoy segura de que el Gran Maestre nota en mi gesto, en mi palidez, en la fina capa de sudor que perla mi joven piel, las señales de debilidad. Pero pienso mantenerme firme cueste lo que cueste. Defraudar a mi señor, a mis hermanos, no entra en mis planes.
Levanto orgullosa el mentón y respiro hondo, como si el aire mismo pudiera darme fuerzas para la tarea.

–Siguen ahí, creo que esperan, no sé a qué...

Sabe que estoy llegando al límite de mis fuerzas, pero me insta a seguir.

–¿Están saliendo?

–Sí, han enviado un patronus y están volviendo al barco. Boswell se ha quedado atrás, puede que espere a alguien.

–¿Están todos?

–Creo que no, pero Saxton está en el barco, y hay otros dos presos, no los reconozco –Comento con algo de esfuerzo, mi respiración empieza a entrecortarse-–

Nunca antes he mantenido el vínculo de esta forma tanto tiempo. Una cosa es compartir la visión con la criatura, y otra el controlarla también.

El gran Magnus siente la tensión, mi cuerpo crispado por la concentración y por la debilidad.

Sonrío al verlos en el barco.

–Están todos mi señor.

–¡LOADA SEA LA LUZ ETERNA! –Exclama, dejándose llevar por la pasión.– Nuestra Orden resurgirá... Más fuerte que nunca.

–La gloria desde hoy es nuestra, la noche y el día, la vida y la muerte –Comento con orgullo.–

El sudor y los temblores se abren paso en mi cuerpo. Me tiemblan las piernas, incapaces de sostenerme ya en pie.
Se acerca a mí, no sin preocupación, pero sintiendo en su fuero interno que no quiere que termine ese instante. Sabe que estoy al borde del desmayo, pero no me pide que pare: soy yo quien debe decidir hasta cuando debo honrar a mi señor, piensa.
Caigo al suelo sobre una rodilla pero alzo enseguida las manos, para indicar que no es nada. Bajo una al suelo para para apoyarme.

–E-Estoy bien –Lucho por mantener el vínculo con el cuervo, a sabiendas de que puedo morir yo y el cuervo.–

Mi rostro enfermizo empieza a asustarle.

–¡Basta! -Acaba diciendo.–

En un último esfuerzo con un entrecortado gemido me yergo en pie cuan alta soy, todavía con oscuros ojos. La vista se nubla y tan pronto como me levanto caigo al suele inconsciente.

Si es la muerte quien me lleva... Ah... Bien habrá valido la pena…

Se acuclilla para comprobar que respiro, alarmado pero no demasiado como para perder la compostura. Llama a sus sirvientes, quienes cargan conmigo, hasta un dormitorio. Mi señor los sigue hasta que me depositan en una mullida cama. Se acerca con su varita, intentando traerme de vuelta.

Presa de la inconsciencia miles de plumas negras pueblan mi sueño. Poco a poco y pluma a pluma van tornándose rojas, bailando dichosas unas con otras.

Mi señor espera impaciente verme despertar.

–Vamos, Hunter…

"Hunter" se repite una y otra vez al son de las plumas. ¿Cómo es posible que graznen si son solo plumas?
Quiero moverme, quiero bailar con ellas. "Hunter" "Hunter" "Hunter" una y otra vez, una y otra vez... "Hunter" "Hunter" "Hunter" ¿Son tan caprichosas que no me quieren entre ellas?

Él se sienta al borde de la cama y coge mi mano, dando un apretón.

Es entonces cuando me percato de que no tengo manos, sino alas; tengo piel, pero cubierta con negro plumaje; no tengo labios, sino un pico tan oscuro que no distingo dónde acaba en el vacío negro que me envuelve, y que no deja de graznar: "Hunter" "Hunter" "Hunter". ¿Por eso no me aceptáis en vuestro baile? Me gustaría preguntarles. Pero no hay respuesta por su parte, sólo baile.

El Gran Maestre se fija en el movimiento de mis ojos, tras los párpados cerrados y aprieta mi mano con más fuerza. Viendo que no obtiene respuesta se sienta en un sillón cercano a la cama, y vela por mí, decidiendo cuidarme durante la noche.

Después de lo que me parece una eternidad en ese vacío oscuro, después de quedarme sin la aguda voz que no ha dejado de repetir "Hunter" "Hunter" "Hunter", después de ver como las plumas rojas han permanecido inmutables en su bella danza, decido entonces arrancarme las negras plumas; ¿Para qué las quiero, si no?

Una a una voy picoteando. Erraba al pensar que en ese oscuro vacío no sentiría dolor, pero aún así me desprendo una a una de ellas.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece... Y las caprichosas bermejas cesan de pronto su danza, quedando suspendidas en el aire. Una de ellas se acerca de pronto, veloz, surcando la negrura, dejando una fugaz estela carmesí a su paso, y entonces se clava allí dónde una negra pluma estuvo, encajando perfectamente.
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce y trece, han sido sustituidas negras por carmesíes.

Dichosa me siento al verlas formar parte de mí, y más aún cuando el resto de mi plumaje cambia por completo su color, ahora de un intenso bermellón, al igual que las suspendidas todavía en el aire. Puedo alzar entonces mi vuelo, al tiempo que ellas vuelven a bailar para mí. Batiendo las alas me adentro en su eterna danza y me deshago en un estallido de mil plumas más, que con gráciles movimientos bailarán, al son de un lugar sin tiempo.

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Que mejor comienzo para mi historia que el apellido familiar: Hunter.

Quizás os resulte algo demasiado obvio a algunos, y quizás para otros sea una sorpresa.
No sabría con exactitud la fecha exacta en que se inició el apellido Hunter para mi familia, pero os aseguro que fue hace mucho, mucho tiempo…

Los documentos más antiguos que he podido leer datan de mediados del siglo XVIII.  Coraline y Joseph O'Loughlin fueron los pioneros de mi linaje y los que iniciaron el cambio. Forjaron su propio apellido.

Por aquel entonces solo tenían sus propias creencias y una varita en las manos. Durante largo tiempo vivieron en una comunidad mágica de Belfast, dedicados a su pequeño negocio. Aunque no se menciona en los documentos que clase de negocio era ese.
Lo que sí se menciona y repite una y otra vez, a lo largo de la historia de mis antepasados, es su afición por las 'purgas'. Cada cierto tiempo se dedicaban a eliminar a los que consideraban impuros, inmerecedores de una varita, de la propia magia.

Despreciaban a los seres no mágicos, y por consiguiente también a los que hoy conocemos como 'mestizos', a los ' sangre sucia', y 'nacidos de muggles'.

Los O'Loughlin pensaron que si estaba en su mano, debían actuar y liberar esas almas que debilitaban la magia que tanto apreciaban. Lo que iniciaron como 'purgas' no fueron más que asesinatos en su comunidad y alrededores de todo ser desprovisto de lo que ellos consideraban la pureza mágica. 

No pocos se les unieron, pues a medida que pasaban los años esta práctica se hizo con gran renombre y se les comenzó a conocer entre los propulsores y víctimas como HUNTERS (cazadores).
Sus hijos, los hijos de sus hijos y los hijos de éstos fueron educados en las mismas creencias y a finales del siglo XVIII principios del XIX adoptaron el apellido Hunter para ser fácilmente reconocidos.
Durante décadas diezmaron el Reino Unido de impuros y se les unieron todo tipo de magos y brujas. Perfeccionando y puliendo el arte de la purga. Poco a poco se fue haciendo cada vez más difícil, debido a la gran oposición que comenzaba a formarse. Tuvieron que relegar las purgas al secreto y a la oscuridad, hasta perderse en el tiempo; aunque no dejaron sus creencias de lado en ningún momento.

Cuando se alzó 'Lord Voldemort'  y comenzó a reclutar su ejército de mortífagos gran parte de la familia Hunter se les unió. Mis padres no creyeron que fuese lo mejor, y su intuición no les falló, visto lo visto.

A los Hunter no nos importó nunca mancharnos las manos con la sangre débil, y serviremos a la más pura magia, ya sea a la luz o en la más absoluta oscuridad: 'Siempre acechantes'

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Casi no recuerdo de cuando era tan pequeña, pero tengo muy buen sabor de boca de lo mucho que disfruté de su compañía y lo bien que me hacía sentir.

Nos conocimos a través de nuestros padres, que eran muy amigos y a pesar de formar sus respectivas familias no dejaron de verse. Todo lo contrario, solíamos veranear las dos familias por todo el Reino Unido. La primera vez que la vi, ella en brazos de su mamá y yo escondida entre las faldas de la mía.

A pesar del fallecimiento de mi madre, las dos familias siguieron manteniendo el contacto. Cuidaron mucho de mí, y su madre y su abuela se convirtieron casi en las mías también.
Agradezco todo lo que hicieron por mí durante aquellos años, el calor que me dieron.

Solíamos jugar en el embarcadero y chapotear en el lago como dos niñas tontas. Aún recuerdo los sermones de su abuela… normal si tenemos en cuenta las trastadas que hacíamos.
Muchas veces la hacía llorar, aunque no recuerdo ya porqué. Pero la quise mucho, era como mi hermanita pequeña, me encantaba cuidar de ella y que cuando tenía miedo se metiera en mi cama temblando y jugara con mi pelo para dormirse. Mi pequeña 'MiniLyn'...

Cuando llegó mi carta para ir a Hogwarts recuerdo que las dos nos pusimos como locas y partimos alguna madera del somier de su cama al saltar. Nos cayó una buena bronca, pero fue un día muy divertido y emocionante. Pero poco después nuevamente sentí el dolor de la pérdida, esta vez siendo más consciente de ello. Mi padre hizo que nos mudáramos y no volvimos a vernos. Ni siquiera pude escribirle. Seguramente se olvidó de mí, o eso pensé.



Recuerdo que con la ayuda de mi padre grabé un colgante para regalarte como recuerdo. 'Fata viam invenient'. Tenía la imagen de una mariposa revoloteando dentro, evocando a esos días tan felices que pasamos como caza-mariposas en el campo.


Primero mi madre, y luego Evelyn. En ese momento comprendí que todo a mi alrededor se desmorona y se evapora con el tiempo, no dejando más que angustia, tristeza y soledad.
Aprendí a vivir con ello, hice mía esa soledad y esa oscuridad que me invadió. No estoy hecha para tener a nadie. No puedo confiar en nadie más que en mí. No puedo depender de nadie más que de mí. No puedo preocuparme de nadie más que de mí.

Es irónico que pocos años después entraras en Hogwarts y no supiéramos nada la una de la otra, que ni siquiera nos reconociéramos por los pasillos después de todo.

Y ahora el destino nos ha vuelto a encontrar, ¿Nos tendrá algo reservado? ¿A sido simple casualidad?
Nuestras sendas han sido tan distintas… Evelyn Moncrieff, ¿Qué será de nosotras ahora?

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Me llamo Ever. Ever Dawson.

Todas las historias comienzan con un nombre. Es curioso, porque no siempre los nombres determinan las historias, a veces son las historias las que determinan el nombre. Pero puede que un nombre sea lo más importante que tiene una persona y por eso casi todo el mundo comienza sus historias con un nombre. La mía, no solo comienza con un nombre. Comienza con una medida de tiempo, si es que "Nunca" se puede definir como medida de tiempo.

 El diccionario define "Nunca" como "En Ningún momento; Jamás" Tal vez ese sea entonces la definición correcta de mi nombre: en ningún momento. Jamás.

Mucha gente se ha quedado sorprendida cuando me han preguntado mi nombre y yo les he dicho "Ever". ¿Será porque al mismo tiempo les estaba diciendo "En ningún momento; jamás"? A veces se lo tomarían como una broma.

Pero después de todo un nombre no define a una persona. La persona, o su historia tras ella, es la que define al nombre.

¿Os habéis planteado alguna vez lo curioso que es que lo más importante que tenemos sea nuestro nombre y que nunca lo elijamos nosotros mismos? Yo si. Un nombre es lo más importante que una persona tiene, lo más tuyo que tendrás jamás. Y en cambio, nosotros no lo elegimos.

El mío, lo eligió mi padre.

Toda historia comienza por un nombre, pero debería comenzar por un origen. El mío comenzó en un pequeño pueblo del Oeste de Inglaterra, donde mi padre nació en el año 1981. Fue el único hijo de una familia con pocos recursos, demasiado pocos, tal vez, nacido de padre mago y madre muggle. Mi padre fue tan pobre cuando era niño que ni siquiera tuvo juguetes. Desde pequeño se pasaba la vida mirando a los demás niños que jugaban en la plaza, fijándose en los juguetes que estos sacaban a la calle para jugar. Mi padre jamás sintió envidia por esos niños, tan solo admiraba esos juguetes con los que él siempre soñaba. Se decía a si mismo que cuando fuera mayor, se dedicaría a fabricar juguetes y ningún niño viviría sin ellos.

Cuando terminó sus estudios en Hogwarts y después de la Segunda Guerra Mágica, consiguió trabajar en la fábrica de juguetes del condado, en calidad de aprendiz. Allí aprendió todos los secretos del mundo de la juguetería.

Poco a poco, decidió probar fortuna. Viajó por toda inglaterra, visitando ferias y vendiendo sus propias creaciones, juguetes originales, algunos de ellos mágicos, tan hermosos que conseguían el deleite de niños y adultos. Se fue haciendo sitio en el mundo, no solo en el mundo mágico, también en el mundo muggle.

Llegó a Godric's Hollow y con la pequeña fortuna que había hecho, compró un local y la vivienda superior.

Esa fue la Juguetería Dawson. Y pronto se hizo famosa en el valle

La Juguetería era a los ojos de los niños muggles una juguetería como cualquier otra, en la que el vendedor arreglaba o restauraba juguetes rotos o viejos. Para los niños magos, un paraiso. El escaparate estaba encantado para que los juguetes mágicos permanecieran ocultos a los ojos de los muggles. Y los magos podían ver las preciosidades que fabricaba mi padre.

Tal y como se prometió siendo niño, ningún niño del pueblo se quedó sin juguetes. Si había algún niño que no tenía recursos para comprarse uno, él se lo regalaba.

Edward Dawson fue muy querido en el pueblo en poco tiempo. Con los años, ya se había ganado el cariño de todos los habitantes del valle.

Algunos años después, una forastera llegó al pueblo. Se quedó a dormir en la única posada del pueblo y coincidió con ella un par de veces. Poco o nada sé de ella. Ni siquiera su nombre. No sé como entablaron conversación ni como llegaron a encontrarse pero los dos acabaron teniendo una relación. No duró mucho, aunque para mi padre debió ser una eternidad. Dicen que el tiempo depende de para quien pase, y para los enamorados pasa muy deprisa, aunque a veces demasiado despacio.

Aquella mujer desapareció un día de la misma manera que apareció: de repente. Al parecer estaba de paso por Godric's Hollow, y que nunca llegaba a un lugar para quedarse. Pero casi nueve meses después de irse, volvió.

Mi padre me encontró en la puerta de casa. Aquella mujer me había dejado allí, dentro de un cesto, bien arropada aunque desnuda, desnuda incluso de nombre. Cuando se encontró a la recién nacida en el cesto, no pudo ni imaginarse que esa niña que lloriqueaba inquieta dentro de ese cesto, era su propia hija, pero estoy segura de que lo sintió.

Aquella mujer había dejado una carta.

"Mi querido Edward:
 Esta niña es nuestra hija. No tiene nombre, porque no soy digna de dárselo, pues no 
voy a quedarme con ella. Lo hago por ella, no por mí. 
 No estoy preparada para ser madre, pues ni siquiera lo estoy para ser un ser humano.
Cuida de ella"

Nunca he visto esa carta, aunque sé que mi padre la conserva. Cuando me cogió en sus brazos sollozando, dejé de temblar.

   -Nunca te dejaré sola, pequeña... Nunca.

 Me dijo.

Me pregunto si por esa frase, me llamó Ever. Siempre me lo he preguntado, pero no sé por qué, nunca se lo he preguntado a él.

Mi padre siempre me dijo que Nunca, es lo mismo que siempre. Que da igual decir "No me iré nunca de tu lado" que "Me quedaré siempre contigo". Y yo le creo.

Y así empieza mi historia. Sin nombre, dentro de un cesto en la puerta de mi casa, hasta que recibí uno: Nunca.

Porque a veces, "Nunca", significa lo mismo que "Siempre"
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PoV Jakob

Las lágrimas inundaban mis pequeñas y frías mejillas. Me abrazaba a mí mismo intentando dejar de sentir frío pero era imposible... tenía miedo. Entonces escuché una voz... su dulce voz. Se acercó a mí y se sentó a mi lado, me sonrío y apartó mis lágrimas con sus suaves manos. Me sonreía y cogió entre sus pequeñas manos las mías aún más pequeñas. Mi dolor no pudo llevárselo con ella pero desde ese día mis lágrimas fueron algo más dulces. Quien siente frío de niño, lo siente durante toda su vida. Yo puedo sentir ese frío. Puedo ver a lo lejos las luces de una ciudad que duerme a través de esa ventana en la que paso los días esperando su regreso. "No volverá", me repito a mí mismo todos los días de mi vida. "El último día se fue para siempre." Pero luego siempre viene en los veranos... ¿Y si algún día no vuelve?. Rodeo con mis manos mis tobillos sin dejar de observar aquellas luces a lo lejos. "¿Dónde estarán?" Me pongo de rodillas en la cama y miro al cielo. Hay estrellas pero sigue habiendo oscuridad. Las estrellas parpadean en un oscuro cielo nocturno. Agarro el oso de peluche que descansa a mí lado. El cual ha pasado los años conmigo. Apoyo mi mano en el frío cristal sin dejar de contemplar las parpadeantes estrellas en el cielo. Brillan pero no alumbran lo suficiente. La hecho de menos. Desde el principio sus manos secaron todas mis lágrimas. Me siento muy solo, más aún desde que ella se fue. Ella me dijo una vez que las personas que amas nunca se van del todo, pero ella está tan lejos que ya apenas puedo sentirla. Me aparto de la ventana y me siento en la cama abrazado a mi peluche sin dejar de mirar a la ventana. Las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas. "No estás sólo." Intento que sus palabras me hagan sentir que no estoy solo pero es imposible. La soledad me asfixia. Siento miedo. Mis lágrimas bañan mi rostro. Abrazo el viejo peluche que duerme en mi regazo. Ella me ayudaba a sentirme un poco menos sólo y ya no está. Noto como el frío se cuela a través de mi pijama el cual ya se me ha quedado corto. Cierro los ojos y la recuerdo. "Siempre a tu lado, nunca lo olvides.". "Mientras me recuerdes estaré a tu lado siempre."


PoV Liesel

Siempre con su ausencia. Siempre intentando acostumbrarme a vivir sin esas sonrisas, sin esas lágrimas que solo yo sabía consolar... siempre asomada a la ventana con la triste ilusión de volverle a ver, pues los días sin él se vuelven amargos. Me alejo del frío cristal y me acerco a mi cama. Tomo aquel peluche entre mis manos y lo llevo contra mi pecho abrazándolo con fuerza, cerrando los ojos, conjurando en mi mente el momento en que me lo dio, el momento que más me dolió... Aquel instante en que mi alma se partió en dos... Sé que una parte de mí se quedó encerrada para siempre en el orfanato, en Frau Holle... perdiéndose entre todos esos niños huérfanos, perdidos, solos... Siento el cosquilleo de una lágrima descendiendo por mi mejilla al recordar la tristeza de sus ojos cuando mis dedos soltaron los suyos. Me alejaba de él... Recuerdo que después abracé con fuerza el peluche que me regaló intentando no perder su esencia. Ese fue el día en que supe que, por mucha distancia que nos separara, siempre estaríamos juntos... Siempre brillará en el cielo la misma luna, Jakob, siempre... -susurro abrazada a mi peluche en mi solitaria cama recordando el día de la despedida... cuando me miraba con su inocencia y sus ojos azules llenos de lágrimas. Le sonreí, revolví su negro cabello como hacía cuando quería hacerle reír.- Siempre estaremos juntos, pequeño, siempre... -y, tras dejar un beso en su suave mejilla, sostuve su mano con fuerza. Me entregó su oso de peluche, ese con el que compartía sus sueños y yo le regalé el libro de cuentos que siempre le leía por las noches, sabiendo que volvería a leerlos una y otra vez... Dolió, su última mirada, su última sonrisa... dolió cuando sus dedos resbalaron alejándose de los míos... Siempre se repite ese último instante en mi memoria, cuando duermo en mi cama vacia... Me abrazo a mi peluche, su peluche. Y cierro los ojos en la soledad fría de mi dormitorio. "Mientras me recuerdes estaré a tu lado siempre."

Dedicado a Jakob
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La tarde traía consigo un sol precioso, Irlanda se extendía ante sus ojos de manera sublime. Sus pies descalzos sentían el suave pasto bajo ellos, verde brillante, esparcido por el gran jardín que rodea su nuevo hogar, el enorme vestido que porta se mece ante la brisa de ese día primaveral, el mismo vestido que oculta la curva de su hinchado vientre, el cual sus manos acarician protectoramente sin ser consciente de ello. Su pelo, oscuro como una noche sin estrellas, se mueve al compás de la brisa, provocando leves cosquillas en su rostro, sus manos alternan las caricias entre su vientre y retiran algunos cabellos rebeldes que luchan por permanecer pegados a sus mejillas. Sus pulmones se llenan del aire más puro que la naturaleza puede ofrecer mientras que sonríe al sentir, de nuevo, los movimientos en su interior. Aún le sorprende cuán fácil se forma ese más que conocido nudo en su garganta, cuando alguno de los dos milagros que descansan en su interior decide hacer acto de presencia, removiéndose de manera incesante en su estómago. Ser madre era la magia más hermosa y inagotable que en sus veinte años ella podría haber conocido, no importaba lo que opinaran los demás, saber que dentro suyo, dos personitas crecían día a día, minuto a minuto, en cada segundo, era más profundo, más impactante y más reconfortante que el hechizo más complicado. Sus brazos deciden que es momento de abrazar de nuevo su abultado vientre, sin saber qué metros atrás, desde el quicio de la enorme puerta trasera, un hombre de cabello castaño tanto como el eno, brillante como el mismísimo sol , sonrisa cálida y corazón valiente, la mira, la mira y jura ante todo lo que lo rodea, ante sí mismo, y ante el mismísimo Godric Gryffindor, dar la vida por esa mujer de cabello azabache y ojos verdes, esa que dentro de pocas semanas le regalará el milagro más grande su vida. Sus pasos vacilan al salir del hogar, Donovan siempre ha sido un hombre valiente, eso según lo previsto por su antigua casa en Hogwarts, pero mientras se acerca metro a metro a la mujer que permanece absorta en sus pensamientos, de pie en medio del nuevo jardín, su corazón se acelera y no es capaz de decidir si se trata de la emoción se saberse amado por la razón de su vivir, o porque ella ahora multiplicará sus bendiciones, regalándole sus primeras dos estrellas, las primeras constelaciones de su cielo, en el cual solo Drys brillaba hasta ahora. Sus manos la toman de la cintura que, para su deleite permanece tan estrecha como en sus días de colegiala, ella da un ligero bote, sorprendida por su intromisión, pero solo es cuestión de segundos antes de que su espalda descanse suavemente en su pecho, y sus manos se posen sobre las suyas. Antes de que su rostro, iluminado por el maravilloso sol que solo trae consigo cosas buenas, gire y le regale la mejor de sus sonrisas, esa que porta desde hace ocho meses y dos semanas, desde que se enteraron de la llegada de sus primogénitos. Él solo es capaz de regresar la sonrisa y con sumo cuidado, con miedo de herirla en el proceso, deja un casto y corto beso en la frente de su esposa, que cierra los ojos con deleite y deja escapar un tímido suspiro. Donovan da gracias a Merlín por su buena suerte. Drys solo es capaz se suspirar al disfrutar de la paz que la presencia de Donovan le regala, dispuesta a entregarse a ella una vez más, decidida a disfrutar otro ocaso primaveral junto al amor de su vida.


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Despierto abruptamente, sentándome en la cama, con el sudor bañando toda mi piel, y el pelo húmedo. Miro a mi derecha. Liam duerme placenteramente, bocabajo sobre el colchón. Meso mis cabellos frenéticamente y me destapo, dejando colgar las piernas a un lado del lecho. Pongo los pies sobre la alfombra y me levanto de la cama, caminando por el suelo que puedo sentir frío en contraste con el calor que desprenden mis pies. Voy hasta el cuarto de baño. Enciendo la luz y me veo en el espejo, pálida como un fantasma etéreo y translúcido flotando sobre el lavabo de mármol color caramelo. Abro el grifo del agua fría y meto mis muñecas bajo este, dejando que el frío del agua sobre la circulación sanguínea consiga que mi baja tensión se estabilice. -Una pesadilla, Verónika... - murmuro, mirando a mi pálido reflejo- Solo una pesadilla... Una pesadilla de tantas, como todas desde aquél día en que todo cambió. Mi mente viaja a aquél día en que el verano estaba tan cerca. Aquella excursión a Hogsmeade sería la excusa perfecta para que esa maldita confitera nacida de muggles se vieran a escondidas en algún rincón de nuestro pueblo. Aquella mañana llegué temprano. Llevaba en mi pequeño bolso con un hechizo extensible la capa Aeterna y la máscara. Me escondí para esperar a Eliza Roberts, la confitera de sonrisa amable y ojos dulces que siempre me atendía con una sonrisa en aquella tienda que visitaba a diario. Había rozado en numerosas ocasiones su mano cuando dejaba sobre su palma el dinero o ella me daba el cambio. Y todas esas veces había temblado por el macabro escalofrío que me producía tocar algo tan impuro y maculado. Siempre le mostraba mi sonrisa más teatral, la más falsa de todas mis sonrisas, tratando de parecer esa mujer amable, modélica, que a ojos de todos resultaba, pero por dentro seguía siendo aquella Señora de Lux Aeterna, aquella orden que vivía en la sombra desde hacía años y que pronto volvería a la luz. En cuanto supe que sus padres eran mestizos, y que todos sus abuelos eran muggles que se dedicaban a profesiones vulgares de sus vulgares mundos, la repulsión era lo único que se apostaba entre su sonrisa y la mía cada vez que entraba a aquél establecimiento, deseando que se pusiera la manopla para coger el pan para que no lo tocara con sus sucias manos mestizas. Pero ese odio se hizo inmenso cuando supe que ella no solo era la confitera del pueblo, la que nos ponía los pasteles y cupcakes en bonitas bandejas con matelitos de papel que parecían de croché, sino la mujer por la que mi hijo, MI HIJO, suspiraba de noche. Levanto mis fríos ojos del agua que cae por mis manos en el lavabo, hasta detenerlos en los fríos ojos de mi espejo. Recuerdo ese día como si fuera hoy. Eliza Roberts salió de la confitería con una sonrisa más radiante que nunca. Cruzó algunas calles del pueblo alejándose de este en dirección al bosque que lo rodea. Yo la seguí despacio, sacando mi capa Aeterna del pequeño bolso de tela, y después la máscara, cubriéndome mi rostro con ella. A través de los orificios de la máscara, aquellos por los que veía mi mundo desde su perfección, la seguí por senderos entre los árboles hasta que se detuvo en un bosque. Matarla por la espalda habría sido demasiado fácil, demasiado rápido. Un Aeterno jamás mata por matar. Nunca mata como un único ejercicio protocolario. Un Aeterno mata disfrutando al hacerlo, porque para un Aeterno el asesinato es un sacrificio en nombre de lo que más ama: su Orden. Por eso la susurré si estaba sola, para que me viera tras ella, como un pájaro de augurio mortal de rojas plumas. Eliza supo reconocer a la muerte en cuanto la vio. Nada más girarse sacó su varita con valentía más propia de un Gryffindor que de una Ravenclaw, pero con un Expelliarmus bastó para arrebatarle esa valentía. Después, al verse indefensa, dio un paso hacia atras. Como todos los pasos que no se dan hacia delante, el suyo resultó un error. Tropezó con una rama del suelo y cayó al suelo. Yo levanté mi varita aprovechando la coyuntura y mi voz se abrió paso a través de los labios plateados que cubría los míos -¡CRUCIO!. Veo en el espejo como la comisura izquierda de mis labios se curva hacia arriba. Una sensación de placer recorre a cualquier mago oscuro cuando un Crucio que surge de su varita, naciendo de sus entrañas, se hunde en el cuerpo de su víctima, transformándolo en un pobre amasijo de huesos, carne, músculos y nervios que se retuercen de dolor mientras el grito intenta manifestarlo sin lograrlo. Yo disfruté viendo ese patético bulto en el suelo, haciendo movimientos erráticos en el suelo, espasmos que convertían su rostro en una mueca que se me antojaba cómica, con las venas de su cuello señaladas, casi translúcidas. Mucho tardé en soltar ese hechizo, tanto que cuando lo hice, respiré con la fatiga propia causada por el cansancio que me había producido tamaño depliegue de poder. La chica apenas tenía fuerzas para nada. Todos sus músculos cristalizados, llenos aún de esos millones de alfileres al rojo vivo. Se retorcía como una serpiente hasta quedar de bruces y empezar a arrastrarse gateando por el suelo. Intenta hablar, pidiendo auxilio, pero apenas lo logra. Río por ver la ruina en que se ha convertido en apenas unos minutos. -¿Dónde está tu sonrisa ahora, maldita mestiza? Le dije. Se puso de frente, pero no dejó de retroceder. -¿Ya no eres tan valiente?... ¡ASQUEROSA SANGRE SUCIA! La chica no daba crédito. Intentó buscar su varita pero esta estaba en mi mano y la tiré al suelo destrozándola con un eficaz hechizo. Empezó a llorar como una asustada niña, retrocediendo hasta dar con un árbol. Aún tiemblo de placer al recordar su cara cuando me quité la máscara porque siempre consideré que el recuerdo más importante de nuestras vidas, es el último que vemos. Cayó en el fallo de preguntar "¿Por qué?" No siempre hay un por qué para matar, ni tampoco a veces lo hay para morir. Solo había un por qué: la Orden del caos, no hay lugar para un Mestizo con una Aeterna como yo. Antepasados puros, Abuelos puros, padres puros, esposo puro, hijos puros... Nietos puros. Era lo que quería para la perpetuidad de mi sangre en esta tierra, porque solo la sangre es lo único que importa, lo único realmente puro y verdadero. Eliza Roberts murió con dignidad a pesar de llorar como si fuera una estúpida. Antes de morir dijo que si iba a morir por amor, moriría sabiendo que era amada. Pero el amor no siempre nos salva. El recuerdo, el último recuerdo de un ser humano, es aquél que no puede contarle a nadie. Por eso es tan importante, casi tanto como el de unos ojos sin vida ante los ojos de aquél que se la quitó. El recuerdo de los ojos vacíos de Eliza apoyada contra ese árbol, hace que mi corazón bombeé con más ganas de vivir que nunca, mientras cierro el grifo cuando las manos se me empiezan a dormir por el agua fría. Me acerqué a ella, cogiendo su rostro en mi mano derecha, volviendolo hacia mí para verme en sus pupilas opacas, vacías, sin brillo, carentes de vida, sin pasado que contar, sin presente ni futuro que vivir. Dicen que en los ojos de la víctima se queda grabada la cara de su asesino. Lo llaman Imago Mortis. Pero es mentira. Con un defodio excavo el suelo. Ayudándome de mi varita arrojo su cuerpo vacío al fondo del foso, al que cae de bruces contra el sucio barro. La tierra volvió a la tierra, engulléndola para siempre. En ese momento escuché un ruido. Miré a mi alrededor, varita alzada, pero no había nadie. Algún animal, tal vez. Paso mis manos mojadas por mi pelo sudoroso, echándolo hacia atrás. Respiro hondo, cerrando los ojos. La muerte de Eliza Roberts pudo haber sido más placentera de lo que fue, si ese mismo día, no me hubieran llamado de Hogwarts contándome que el profesor Slughorn había estado buscando a mi hijo en el bosque cuando se dieron cuenta que no estaba junto al resto del grupo, y que le encontraron desorientado. No hablaba, ni decía nada, tan solo murmuraba cosas ininteligibles y gritaba horrorizado al ver una varita. Había perdido el juicio. Muchas veces me he preguntado si pudo ser posible que Damen viera algo, pero cuando le vi en Hogwarts y me di cuenta de que no me odiaba ni me temía, lo descarté. Tuvimos que traerle a casa y mientras pedíamos ayuda a los aurores, todo se complicaba para mi. Tuve que modificar la memoria de los padres de Eliza Roberts y de todas las pocas personas allegadas a ella, para que no relacionaran a mi hijo con su muerte. Los aurores, por su parte, también buscaron a Eliza, y tuve que modificar su memoria también. Aún así, esta noche, como tantas otras desde entonces, he vuelto a tener esa pesadilla, en la que Damen sabe que yo soy la asesina de Eliza, y que mi acto es aquello que no recuerda y que le traumatizó. Tras relajarme un poco, salgo del cuarto de baño y me dirijo de nuevo al dormitorio. Me meto en la cama, y noto que mi esposo ha cambiado de postura, y que ahora está de costado. Me pongo de espaldas a él, cogiendo su brazo para envolverme con él. Beso su antebrazo antes de cerrar los ojos en busca del sueño de nuevo.


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Todo nace y todo muere, incluso aquello que nunca ha estado vivo.

Esta carta está naciendo en este momento, está surgiendo de la tinta que la concibe y de la pluma que le da vida. Pero nunca estará viva.

¿Alguna vez te has preguntado cuál es la misión de las palabras? Las palabras lo son todo en nuestra vida. Todo está hecho de palabras. Las muertes se anuncian con palabras, la vida comienza con una palabra, el matrimonio se afianza con una palabra... Todo se basa en palabras, incluso nosotros somos palabras, nuestros nombres y apellidos, lo que la gente dice de nosotros, lo que nosotros contamos que somos. Pero las palabras carecen de sentido si no son escuchadas.

Este papel sostendrá ahora un puñado de palabras muertas. Muertas porque jamás llegarán a vivir, pues ninguna palabra que no es escuchada puede considerarse viva, aunque haya nacido en el papel en el que seguirá muerta.

Si leyeras esto te preguntarías... ¿Quién será aquél que da vida a palabras muertas para que jamás vivan? ¿Qué clase de ser humano sin sentimientos puede ser tan cruel como para condenar estas palabras a muerte? Solo tú podrías darles sentido y vida, de leerlas, pues una palabra escrita es una palabra que ha nacido pero que todavía no ha vivido hasta que unos ojos no las den vida con el beso de tu mirada... estas palabras serán como esa princesa del cuento que permanece en sueño eterno hasta que un beso de amor la despierta. Pero tú jamás las verás, y jamás las despertarás, y aquí permanecerán por siempre, en un limbo de papel, pendiendo del hilo del olvido, muriendo lentamente hasta ser nada.

Llámame cobarde. Lo soy y lo admito. Lo sé. Pero es que tú eres tan grande y yo tan pequeño, es que tú eres tan irreal y yo tan ordinario, tú eres tan celestial y yo tan mundano, que no tengo valor ante ti ni hay manera de que pueda encontrarlo. 

Estás en mis sueños y en mi mente, de ahí no te vas ni te irás nunca, pero no puedo alcanzar el valor para pedirte que estés también en mi vida. Y por eso escribo estas carta. Otra carta más condenada a una caja de puros hechizada para que no tenga fondo, conteniendo aquellas palabras que nacieron para el silencio.

Palabras que murieron antes de nacer, porque nunca llegaron a vivir. 
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Un llanto dulce rompió la tensión cortante de la noche, seguido de golpes de puertas, pasos apresurados y voces quedas. Mientras, una niña esperaba sentada en su cama, con un libro de dibujos entre sus manitas. Cuando oyó ese despertar de una nueva vida, levantó los ojos de las ilustraciones y aguardó hasta que unos pasos se acercaron a su habitación. La puerta se abrió y un hombre de unos treinta años se asomó y se acercó a ella.

-Katniss, tienes un hermano. -Sonrió mientras anunciaba esto, y se sentó en la cama.- -¿Puedo verlo ya? -Preguntó curiosa, siempre curiosa; le miró y vio el brillo de alegría de sus ojos oscuros- ¿Cómo se llama? ¿Le podré coger? ¿Podré jugar con él? -Claro que puedes verlo. -Respondió sonriendo- Pero todo a su tiempo, no te apresures, los juegos tendrán que esperar. -Se puso en pie- Daniel, se llama Daniel. Tu tío Stephan lo ha elegido. La niña bajó de la cama, ansiosa por ver a su hermano. Agarró con su manecita la mano que le ofrecía su padre y recorrieron juntos la casa para llegar donde su madre había dado a luz y los esperaba. Entró en la habitación con los ojos fijos en el pequeño.

-Hola Dany, soy Kat. -Miró a su madre con inseguridad antes de acercar su dedo índice a la pequeña mano de su hermano, que se cerró sobre ella.- Mira, mami, me quiere. -Sonrió de oreja a oreja. Dió un abrazo a su madre, que sostenía al pequeño.- -Claro que te quiere, mi niña. Mañana, si ayudas a papá con lo que necesite, podrás coger a Daniel. Pero con mucho cuidado. El bebé abría y cerraba las manitas alrededor del dedo de su hermana. Ésta bajó los labios para darle un beso en la frente, y quitó el dedo de entre sus manos. El hombre se acercó a Katniss por detrás y agarró una de sus manos. -Vamos, ven, debes ir a dormir ya. Mañana tendrás todo el tiempo que quieras para estar con él.

Aunque se resistió durante un momento, consiguió que le acompañara hasta su habitación. La metió en la cama y la arropó. Se le veía feliz. Hasta ahora las cosas le iban bien, había tenido mucha suerte con todo, y esperaba que todo continuase así. Miró cómo los ojos de su niña se iban cerrando y su respiración se calmaba. La observó durante unos segundos más, apagó la luz y se marchó a acompañar a su mujer.


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Era media mañana cuando llegamos al hospital una recepcionista les indico a mis padres a donde teníamos que ir, subimos un par de escaleras.

Recuerdo haber visto muchas cosas en ese trayecto, gente que te preguntaba cómo se llamaba, o te saludaban como si te conocieran, algunos otros les faltaban partes o tenían rasguños en muchas partes.
Tengo una imagen no muy divertida de un hombre al que le faltaba una nalga, pero eso es solo un detalle.
En fin, llegamos a la puerta que nos habían indicado, mi padre toco la puerta para avisar de nuestra llegada y luego nos sentamos a esperar. Había varias personas sentadas cerca de nosotros, varios doctores salían de distintas puertas nombrando gente que se paraba y entraba, luego salían y otros entraban al ser llamados.
Finalmente, un hombre salió de la puerta en la que mi padre había golpeado un hombre con un brazo vendado, y después de él, con un delantal blanco, apareció un hombre rubio y flaco de tez blanca, a quien mi madre saludo con una sonrisa como si lo conociera.
Entramos a su consultorio, y mis padres se pusieron a explicarle mi situación al señor y mientras yo miraba todo con suma curiosidad. Recuerdo haber visto la foto de una mujer, con una esplendida sonrisa y con un niño en brazos, que por el tamaño tenía más o menos mi misma edad. Extraño, no? Quien iba a decir que ese niño que veía en la fotografía llegaría a ser un día uno de mis mejores amigos. El doctor, al ver que me quedaba viendo la foto me dijo que esos eran su mujer, Astoria, y su hijo Scorpius.
-Díganme, ¿qué es lo que los trae por aquí? –pregunto el doctor que para ese momento ya había escuchado que se llamaba Malfoy.
-Adrian –Dijo mi madre señalándome a mi –Se está comportando de manera poco común –Dijo con tono preocupado.
-Poco común ¿En qué sentido? –Pregunto Malfoy mirándome con una sonrisa.
-Esta paranoico, y actúa como si no fuera el –Interrumpió mi padre algo nervioso.
-Ha intentado escaparse de la casa, ha intentado deshacerse de su hermano recién nacido, como si no lo quisiera –Término de decir mi madre.
Luego de escuchar eso intenté hacer caso omiso a la conversación. Solo recuerdo algunas cosas como preguntas por si tenía fiebre, o si había ocurrido algo emocionalmente fuerte en este último tiempo, y mamá le explico la llegada de Filius a mi vida, y Malfoy comprendió que al parecer ese había sido el detonante de mi conducta.
Después de todo el interrogatorio, el doctor midió mi altura, y me peso en una balanza. Anoto unas cosas en un papel y de dirigió a un caldero que tenía allí en la consulta.
Se puso a meter cosas en el caldero que yo no pude reconocer pero quede fascinado, y luego de unos minutos saco de él unas pastillas que metió en un frasco y se lo entregó a mi madre.
-Que tome una cada 24 horas –Dijo el doctor Malfoy.
Luego de eso, mis padres agradecieron, se saludaron con el Doctor, y salimos nuevamente a los pasillos del hospital.

El regreso a casa fue algo mejor. Mis padres ya no estaban tan nerviosos ni preocupados, ya había una solución para mis problemas. Ya por fin podíamos dormir todos tranquilos y en paz. 
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La noche luego de escuchar esa conversación entre mis padres, no podía dormir, esas palabras todavía daban vueltas en mi cabeza, se que apenas era un niño, pero entendía lo que decían y no me gustaba para nada.
Saque mi mochila de viaje, la que mi padre me había regalado para el día del niño, cargue un poco de ropa en ella, una manta y salí de mi habitación. Caminé por delante de la habitación de mis padres en puntas de pie, para no hacer ruido y despertarlos. Baje la escalera con cuidado, agarrado de la baranda para no caer y luego una vez en tierra firme, fui a la cocina. Allí, abrí el refrigerador, saque una botella de agua y unos pedazos de trata que quedaban de la noche anterior, y los guarde también en mi mochila.
Agarré mi campera de nieve, me puse mis botas de lluvia y con la mochila al hombro salí afuera, la noche estaba muy calmada, y como era verano no hacía mucho frío. Busque mi bicicleta en la parte trasera de la casa y partí.
No sabía a donde quería ir, pero sabía que debía irme de allí. O eso creía yo, que con tan poca edad, definitivamente no tenía mucha razón.
Salí colina abajo y pedalee un rato, hasta cansarme. Me detuve y mire al cielo, sabia donde estaba, ya que la reserva la conocía muy bien, y además yo tenía una orientación increíble. Me tire bajo un árbol y me dormir tranquilo ya que sabía que esa zona no estaba habitada ni por humanos y por dragones.
A la mañana siguiente, busque unas frutas silvestres en la zona y luego de desayunar, me quede un rato disfrutando del lugar en donde estaba. A eso del mediodía. Emprendí nuevamente viaje. Debía salir de la reserva para que nadie conocido me encontrara. Así que comencé a dirigirme hacia el oeste, donde estaba la entrada más cercana. Aunque a mi paso, estaría llegando casi de noche a esa zona.

Bastiaan se había levantado temprano esa mañana, ya que como era lunes tenía mucho que hacer. Bajo a la concina y luego de desayunar en silencio, salió a hacer su recorrida habitual.
Alana se levanto rato luego, con los llantos de Filius quien ya estaba reclamando su desayuno. Bajo a la cocina y luego, con la leche bien caliente, subió hasta la habitación de Filius a quien alzo en brazos y se sentó e la mecedora para alimentar. Luego de eso lo cambio poniéndole algo cómodo y liviano, ya que el calor comenzaba a notarse, lo dejo en la cama y fue a despertar a Adrian.
Entro en la habitación sin hacer ruido y camino a tientas hasta el costado de la cama. La habitación estaba completamente a oscuras, ya que como a Adrian le molestaba mucho que la luz entrara en la mañana, habían hecho que los postigos no dejaran entrar ni siquiera un rayo de luz.
-Buenos días mi príncipe –dijo con vos suave y maternal.
Se inclino para acariciar a su hijo pero en ese momento se dio cuenta de que la cama estaba vacía. Corrió y abrió los postigos, miro con horror a la cama y comprobó que Adrian no estaba. En ese momento sintió como su mundo se desmoronaba. Su amado hijo no estaba y ella no tenía idea a donde había ido. Bajó corriendo y salió en busca de Bastiaan, con la pequeña esperanza de que este se lo hubiera llevado a recorrer con él. Pero de lejos lo vio venir. Su marido venia, pero solo, su hijo no lo acompañaba. Se dejo caer de rodillas en la tierra. El miedo era grande y no podía sostenerse por sí sola.
Bastiaan al verla caer, corrió hacia ella con cara de preocupación. Al llegar junto a ella, vio que estaba llorando desconsoladamente.
-¿Qué pasa, mi amor? –Preguntó con un tono suave y preocupado, mientras se agachaba al lado de su mujer.
- No está –dijo ella con un hilo de voz. –No encuentro a Adrian –Aclaro para que Bastiaan la entendiera.
Él, comenzó a sentir exactamente lo mismo que ella, su hijo, no estaba. Se levanto y corrió al cobertizo de las escobas para comprobar que todas estaban, pero al mirar al costado de este, noto que la bicicleta de Adrian no estaba.
Se acerco a su mujer que, desesperada, lo había seguido pero a paso más lento. La abrazo con fuerza hacia su pecho intentando confortarla.
-Está en bicicleta, no puede estar muy lejos –dijo rápidamente.
Luego la soltó y corrió hacia la cocina para mandar a su lechuza, a dar la noticia de la fuga de su hijo.
Alana y Bastiaan, se dividieron las tareas, y para mita de la tarde, todos en la reserva estaban avisados, las entradas estaban cercadas, y desde los cielos varios magos y brujas buscaban a Adrian con desesperación.

El único peligro ahora eran los dragones, pero sus padres estaban casi seguros de que Adrian sabría que debía mantenerse lejos de ellos.

Para eso de las dos de la tarde yo ya estaba a mitad de camino de la salida. Me imaginaba la tristeza de mi madre al ver que mi cama estaba vacía y eso no me alegraba, pero no quería volver. Yo ya había escuchado, era peligroso para todos que lo viva allí.
Divisé en dos ocasiones alguien volando sobre la zona, pero me escondí, de manera que ellos no me vieron. A las ocho de la noche, llegue a la entrada oeste. Cruce tranquilo la entrada, pero no lleva más de tres metros afuera cuando escuche el grito de mi madre detrás mío.
Me di vuelta y baje de la bicicleta con la cabeza baja. Sabía que estaba metida en un gran problema. Mi cara estaba cubierta de tierra y mi ropa estaba muy parecida. Mi madre corrió hacia mí y me abrazo con tal dulzura y amor, que yo comprendí que era una locura lo que había hecho, ella me amaba y no me iba a dejar que nada me pase. Me largue a llorar de la emoción que tenia. Me llevó a mi casa, y allí en el momento que mi padre me vio, me abrazo igual que mi madre.
Me bañé y luego me dieron algo de comer. Mi madre se sentó junto a mí, no había parado de llorar desde que me había encontrado, no dijo mucho. Lo único que me dijo en concreto era que al día siguiente, me llevarían bien temprano a San Mungo, para que todos nos quedemos tranquilos.
Yo no entendía mucho como nos quedaríamos tranquilos si yo iba a ese lugar. Pero consciente de que lo que había hecho ese día no estaba bien, no discutí y acepte que me llevaran. 
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